
Hay personas que no son felices y ni siquiera lo cuestionan -o quizá si, pero se han adaptado.
Se han acostumbrado a vivir así.
Se convencen de que “es lo que toca”.
De que “la vida es así”.
De que “no se puede tener todo”. Y se quedan estancadas ahí.
Esperando que sea la vida la que les de respuestas, cuando somos nosotros los que debemos responder a la vida.
Si no nos hacemos las preguntas correctas, poco a poco esa narrativa interna, esa historia que nos contamos, se convierte en la propia identidad.
Adaptarse a la infelicidad es estar desconectados de la vida.
Y de manera casi siempre inconsciente, elegimos estar ahí pensando que es lo que la vida quiere de nosotros.
Las creencias limitantes, dejarnos llevar por lo que dicen los demás o por lo que nos han contado que es la vida, es una narrativa errónea que utilizamos como defensa para justificar no querer tomar las riendas de nuestra propia vida.
Por eso, parar, mirar, tomar conciencia, hacerse las preguntas correctas es nuestra responsabilidad.
El ser humano tiene una capacidad extraordinaria para normalizar casi cualquier cosa.
Normaliza el vacío.
Normaliza la falta de ilusión.
Normaliza la rutina sin sentido.
Y lo hace para sobrevivir emocionalmente.
Porque reconocer que no está viviendo como desea, implica asumir responsabilidad.
Y la responsabilidad da mucho vértigo.
Es más cómodo pensar que no hay alternativa.
Es cierto que no siempre elegimos las circunstancias, pero siempre podemos elegir la actitud frente a ellas.
De este tema hablé en la conferencia sobre «El sentido de la vida en tiempos de incertidumbre», un tema muy importante que nos ocupa a todos los seres humanos y que es de vital importancia para poder enfocar la vida desde la mirada correcta.
Si estás en este momento de la vida en la que sabes que algo tienes que cambiar, pero no sabes cómo empezar, puedo ayudarte.
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