
Hay viajes que te llevan a un lugar y viajes que te devuelven a una parte importante de ti.
Ya estoy de vuelta de Ciudad de México y todavía estoy digiriendo todo lo vivido.
He vuelto a un país que fue mi casa durante diez años de mi infancia y juventud.
Un lugar que educó mi mirada, que forma parte de mi historia y que ha influido profundamente en mi manera de entender el mundo y la vida.
Volver después de tantos años ha sido emocionante. Un auténtico regalo.
Por los recuerdos, por los lugares, pero sobre todo por las personas.
Volver a encontrarme con amigos y disfrutar de conversaciones que llenan el alma.
Estos días han estado llenos de reencuentros, momentos muy emotivos, proyectos, comidas con personas que forman parte de mi historia.
Y eso me ha vuelto a recordar algo que quizá no siempre tenemos presente:
Lo más importante de nuestra vida son las personas.
Podemos conseguir muchas cosas.
Podemos cambiar de ciudad, de país, de trabajo, empezar proyectos, alcanzar objetivos.
Pero cuando miramos nuestra vida con cierta distancia, muchas de esas cosas pierden importancia.
Lo que permanece son las personas.
Los momentos compartidos.
Quienes nos han ayudado y están en nuestra vida.
Quienes han formado parte de lo que somos.
Y quizá merezca la pena preguntarnos si estamos dedicando nuestro tiempo a quienes queremos que formen parte de nuestra vida.
Porque al final, cuando miremos atrás, probablemente no recordaremos todo lo que hicimos con prisa.
Recordaremos aquello que dejó huella, que tiene sentido y a las personas con las que compartimos momentos que nos hacen mejores.
Vuelvo llena de gratitud por lo vivido y por todo lo que todavía está por venir.
Gracias, México, por la acogida.
Gracias a todas las personas que hicieron de estos días algo tan especial.
Y gracias a ti por estar al otro lado, por acompañarme y por formar parte también de estas conversaciones y experiencias.
Hay viajes que terminan cuando vuelves a casa.
Y hay otros que te devuelven a una parte de ti.
Este ha sido uno de ellos.


